25 de MAYO

REVOLUCIÓN DE MAYO / Repensar el origen desde una mirada comparativa e integrada / Noemí Goldman relata la historia revolucionaria mediante nuevos enfoques historiográficos centrados en Sudamérica


Incertidumbre, confusión y hasta miedo eran algunos de los sentimientos de zozobra que teñían el horizonte de los hombres y las mujeres de mayo de 1810. La crisis de la monarquía hispánica, iniciada en 1808, por la desaparición de la figura del rey (Fernando VII), produjo un terremoto en todo el ámbito del Imperio Español a ambos lados del Atlántico. Los actores políticos de la época se preguntaban quién tenía derecho a gobernar y en nombre de quién. “Ese pasado no es tan lejano en cuanto a las emociones que nos produce”, reflexiona en sus clases virtuales junto a sus alumnos universitarios la historiadora Noemí Goldman, directora del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (IHAYA, UBA-CONICET). “Los tiempos que corren, que tienen por supuesto otros condimentos –los de una pandemia global–, nos acercan un poco a las vivencias de aquellos hombres y mujeres de mayo que fueron sorprendidos por la crisis. Ellos estuvieron frente al mismo escenario de total incertidumbre; al igual que ellos, nosotros también nos preguntamos cómo va a ser el mundo después del Covid19 y nos imaginamos escenarios futuros”.

Como investigadora principal del CONICET, Goldman se dedica a estudiar el debate sobre las formas de gobierno en el Río de la Plata entre 1810-1853, así como la cultura política y la producción textual de la época. Durante su carrera universitaria, Goldman se sintió particularmente atraída por estudiar las revoluciones modernas (la francesa, la norteamericana, la hispanoamericana) y la Ilustración. Siendo la segunda mitad del siglo XVIII el período que más le interesaba, decidió profundizar en las revoluciones de independencia de América Hispana y, especialmente, en la Revolución de Mayo.

La historia no es una ciencia estanca, pues se nutre constantemente de nuevos temas y enfoques. “Uno de los objetos históricos que se favoreció por las nuevas miradas y la revisión historiográfica de los últimos treinta años es justamente el período de las revoluciones y, muy particularmente, de las revoluciones hispanoamericanas. Hay una cantidad muy voluminosa de nuevos trabajos y aproximaciones”, cuenta Goldman. Un primer cambio importante es que estos procesos revolucionarios ya no se analizan de forma aislada y en relación al surgimiento de la nacionalidad de cada uno de los países, sino desde una perspectiva global y comparada. Esto implica que no se estudian como procesos autónomos de cada virreinato, sino con una mirada integrada dentro del marco de todo el Imperio Español y el espacio atlántico. “El inicio de las revoluciones en Hispanoamérica tiene muchos puntos en común que solamente se pueden entender si se hace un estudio comparado de esas revoluciones”, afirma.

“Al principio, estas revoluciones no significaron el inicio de una nacionalidad, ni se hicieron para fundar una nueva nación en los límites que hoy tienen las naciones latinoamericanas porque, en realidad, los sentimientos identitarios más fuertes se vinculaban con América”, explica la científica y plantea que, sin embargo, durante el período 1810-1853 se van a ir afirmando identidades locales, la identidad americana y más lentamente la argentina. Fue un proceso en el que la cuestión identitaria en las llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata no predominó como una identidad argentina, sino que ellos se identificaban con su pertenencia a América y a las comunidades locales. “Esto está muy claro en la Declaración de la Independencia, que no se declara en nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sino de las Provincias Unidas de Sudamérica”, señala.

Goldman cuenta que los patriotas estaban pensando que esa independencia podía llegar a traducirse en la creación de un Estado-nación que reuniera inclusive todos los territorios que formaban parte de las Provincias Unidas del Río de La Plata, que incluía el Alto Perú, la Banda Oriental, el Paraguay (que se había separado en 1811, pero que los gobiernos revolucionarios consideraban que seguía siendo parte), incluso Chile y parte del Virreinato del Perú. Belgrano, por ejemplo, imaginaba la conformación de una monarquía constitucional que recuperase la tradición y el linaje incaico para el gobierno de esta nueva unidad y hasta llegó a proponer que la capital se fuera trasladada a Cusco. “Esta no era una idea descabellada para ese entonces porque el horizonte territorial de ellos no era la Argentina actual, sino todos los territorios que conformaban el Virreinato del Río de la Plata y de América del Sur”.

Otra renovación muy importante en la historiografía es el análisis de las dimensiones más sociales de la guerra. Goldman precisa: “Hasta hace algunos años, el abordaje de las guerras de Independencia se limitaba a la oposición entre patriotas y realistas, y se vinculaba con la búsqueda del origen de la nación. Actualmente, los historiadores abordan las dimensiones sociales de la guerra: la formación de los ejércitos, la no homogeneidad de los bandos opuestos, la vida cotidiana de los soldados, el reclutamiento, el impacto de la guerra en la organización del trabajo y las economías locales, así como en las relaciones vinculadas a los poderes políticos. Todos estos son campos de estudios nuevos”.

 

Nuevos conceptos políticos modernos

Otra perspectiva novedosa es el estudio de las formas de concebir la circulación de las ideas y de producir los nuevos conceptos políticos modernos. Las nociones de “pueblo”, “constitución”, “patria”, “derechos”, “ciudadanía” son conceptos que surgieron en ese período y que tienen su propia historia. “Hay toda una línea de investigaciones que está recuperando todas esas dimensiones conceptuales e históricas que muestran que esos conceptos son nuestros ancestros, pero que estaban dentro de otras configuraciones y significaban usos y sentidos distintos, –cuenta Goldman– por ejemplo, la noción de ‘nación’, al principio del período revolucionario y del rivadaviano, no era sinónimo de identidad nacional. La identidad nacional es una construcción que surge con la Generación del 37”. Para los patriotas de mayo, el término “nación” tenía un sentido estrictamente político, ni étnico ni histórico ni religioso. “Una nación” era el resultado de un pacto o negociación abierta y voluntaria entre distintos sujetos colectivos, ciudades o provincias que decidían crear un estado-nación. En esta misma línea, la noción de “opinión pública” no estaba vinculada a los medios de comunicación ni a la expresión masiva o plural de opinión, como en la actualidad, sino que era lo que los letrados expresaban y debatían para decantar racionalmente a través de la prensa. “Era un proceso racional de discusión. Solo la comunidad de la élite intelectual y política estaba en condiciones de expresar esa opinión pública”.

En este punto también hay una ambivalencia entre dos concepciones de “pueblo”. Por un lado, están los “pueblos” en plural, noción que viene de la tradición hispánica: las ciudades y sus jurisdicciones. Una ciudad con cabildo es un pueblo. Un “vecino” era un padre de familia con “casa poblada” (familia) en la ciudad. “Un español soltero, mayor de edad, no era considerado ‘vecino’ –ilustra Goldman–, tampoco un habitante de la campaña, del campo. La campaña no estaba integrada políticamente a la ciudad, por lo tanto, sus habitantes no podían elegir ni ser elegidos para integrar el Cabildo”. Goldman destaca que una de las novedades de la revolución fue la creación de un sistema representativo que fue gradualmente otorgando derechos de ciudadanía a quienes estaban excluidos dentro del sistema colonial. “Monteagudo es uno de los primeros que, en 1811 y 1812, empieza a publicar artículos donde reclama por los derechos de los habitantes de la campaña a ser considerados ‘vecinos’ con derechos políticos para poder votar”.

Recién en 1815, en el Estatuto Provisional para la Dirección y Administración del Estado, que es un texto preconstitucional, se introduce una nueva práctica y un nuevo concepto: el de “ciudadano”. Este concepto va a permitir una extensión de esos antiguos derechos de “vecindad” al campo. Sin embargo, todavía quedarán excluidos aquellos que están en relación de dependencia, los jornaleros, los domésticos y las mujeres. “Entonces, el estudio de estas nuevas formas de representación de la opinión pública, de la soberanía del pueblo y del pueblo mismo son nuevas formas de aproximarse a las ideas o ideología de la época”, sintetiza Goldman.

 

Las influencias, un nuevo enfoque

Goldman en sus estudios también ha propuesto un nuevo enfoque. En diversos ámbitos, se suele escuchar que muchos filósofos y pensadores de la Ilustración “influenciaron” a los patriotas del Río de la Plata. Sin embargo, ella prefiere hablar de “traducciones” cuando se piensa en las llamadas “influencias”. “En mi tesis de doctorado, fui modificando esa perspectiva historiográfica porque las influencias presuponen que hay un emisor y un receptor y que el receptor es pasivo”. En lugar de esa idea, la científica introdujo una nueva perspectiva metodológica: hablar de cómo circulan y se reproducen los lenguajes políticos y de cómo son recibidos, leídos y reelaborados (o traducidos) por quienes reciben esos textos. “Los hispanoamericanos que recibieron y que se sintieron interesados y atraídos por esos nuevos modelos se apropiaron de estos textos y los recrearon. La recepción nunca es pasiva y los modelos tampoco son puros, ni se corresponden totalmente con la realidad del lugar donde esos modelos se están aplicando y desarrollando”, plantea la investigadora y sugiere que se debe indagar sobre cómo llegaron, bajo qué formatos y en qué idiomas se conocieron en el Río de la Plata, y cómo los contextos particulares resignificaron esas ideas que llegaron de Europa y de Norteamérica.

Además, los textos llegaban a través de traducciones de textos originales. “Los ensayos sobre la constitución inglesa llegaron al Río de la Plata a través de traducciones francesas. Los patriotas, que eran los más letrados de la época, leían más en francés que en inglés y eran autodidactas porque no existían instituciones donde se estudiaran lenguas. También había muchas traducciones que provenían de España. No llegaban textos puros ni modelos ideales, sino traducciones. Muchos de los traductores eran los propios letrados, por lo tanto, fijaban su posición en los textos que adaptaban. Entonces, no podemos dejar de tener en cuenta la materialidad, la forma en que esas ‘influencias’ (ideas, conceptos, proyectos, modelos) llegaban”, sostiene.

 

La figura de Mariano Moreno

Si bien la acefalía Real era considerada provisoria, el 22 de Mayo de 1810 se reúne un Cabildo Abierto para tratar esta cuestión extraordinaria. A esa reunión fueron convocados –invitados con esquelas– los vecinos principales de la ciudad, es decir, la “parte principal y más sana del vecindario”. Por su carácter de cabildo abierto fue, sin embargo, una invitación amplia, pero no una elección popular. Allí se establece que el poder retrovierte al pueblo por las circunstancias excepcionales que ocurrieron en España y se le pide al Cabildo que constituya una Junta. “El Cabildo quiere convocarlo al virrey Cisneros para esa Junta, pero hay un ‘movimiento popular’, una reunión de los patriotas, y un petitorio que empieza a circular que le exige al Cabildo que cree una Junta sin Cisneros”, cuenta Goldman. Ese petitorio fue firmado por vecinos, milicianos y miembros de la plebe urbana, y logró reunir más de cuatrocientas firmas. “Por sí y a nombre del pueblo”, los patriotas presentaron así la lista de los nueve miembros de la Primera Junta, donde el virrey es excluido, Saavedra es propuesto como presidente y Moreno como secretario de gobierno y guerra.

“La figura de Moreno fue muy importante para el período de 1810, un período corto pero intenso y decisivo, para introducir una reflexión pública –afirma Goldman–. Lo hace en sus célebres discursos de noviembre y diciembre sobre la condición colonial de los territorios hispanoamericanos”. Moreno utiliza la figura del “pacto de sociedad” o “contrato social” de Rousseau para señalar que el momento que estaban atravesando era muy crítico y muy particular. Él aspiraba a que se reuniera un congreso constituyente para poder decidir sobre la creación de un nuevo gobierno propio en base a una nueva constitución, la cual esboza como republicana. “Él dice que el contrato entre el rey y los pueblos es un falso contrato porque fue producto de una conquista, de la violencia. Por lo tanto, el pueblo tiene derecho a decidir sobre su forma de gobierno, porque antes de darse a un rey ya era pueblo, la soberanía originariamente reside en el pueblo”, indica la investigadora.

Al mismo tiempo, Moreno es totalmente consciente de la ambigüedad de ese proceso, ya que la Junta se había formado en nombre de Fernando VII, es decir que no cuestionaba en sus inicios ese vínculo. Pero, al mismo tiempo, esa Junta comienza a ejercer la soberanía y se empieza a discutir cuáles eran los alcances de esa retroversión de la soberanía del rey a los pueblos. La novedad de Moreno consiste en que va a ser el primero pronunciar públicamente la palabra “emancipación”: “quizás no se presenta situación más crítica para los pueblos que el momento de su emancipación”. Castelli, vocal de la Primera Junta, acompaña a Moreno en esta política y no oculta su propósito independentista en la expedición al Alto Perú mientras promueve la libertad indígena.

Por eso, para Goldman, la importancia de esta efeméride nacional radica en que se conmemora un punto de inflexión. “Es el momento que va, a la larga, a dar origen a la emancipación y a la creación de un Estado-nación: el nuestro. Recordarlo nos lleva a nuestros orígenes, cuidándonos al mismo tiempo de no caer en visiones mitológicas, pues tiene que ver con el momento en que decidimos ser una comunidad autónoma y, a poco andar, independiente”.

Bibliografía:

Goldman, Noemí (2010). “Buenos Aires, 1810: la “revolución”, el dilema de la legitimidad y de las representaciones de la soberanía del pueblo”, en Dossier: “Independencias Americanas”, Historia y Política (Madrid), N° 24, 2010, pp. 47-69.

Goldman, Noemí (2016). Mariano Moreno. De reformista a insurgente. Buenos Aires, Edhasa.

Por Jorgelina Martínez Grau

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